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Violencia de género 3.0

  • 23 noviembre, 2016

Las nuevas tecnologías han llegado para quedarse y demasiadas veces se convierten en el escenario en el que vivimos nuestras vidas. Controlar el acceso que tienen a ellas los niños y las niñas es fundamental si queremos que crezcan en igualdad. Sí, he dicho controlar. Si controlamos lo que comen ¿por qué no lo qué les puede dañar?

La violencia de género entre adolescentes está aumentando. Lo mismo ocurre con los trastornos de la alimentación o el acoso escolar. Todos estos fenómenos tienen algo en común: son consecuencia de un sistema en el que muchas de las relaciones sociales siguen estando basadas en la desigualdad. Sabemos que la violencia de género es la expresión más extrema de la discriminación. Y cualquiera conoce que además de violencia física, existe la psicológica que es más complicada de detectar. Pero  otro tipo que va más allá, la violencia simbólica. Esta es más sutil, más difícil de reconocer. Está tan presente en nuestras vidas que crecemos con ella, nos cuesta ser conscientes de su existencia y, lo que es peor, de las consecuencias que conlleva. Sí, todas la sufrimos, sin excepción. A nuestro alrededor, encontramos ejemplos continuamente. Las imágenes publicitarias, los modelos que recibimos de las películas, las series, la literatura, los textos discriminatorios o no inclusivos que leemos a diario en internet, en formularios oficiales, en la prensa…Y todo esto lleva a que sigamos siendo discriminadas. Todas. En mayor o menor medida, todas.

Si pensamos en los estímulos externos que perciben nuestros hijos y nuestras hijas desde esta perspectiva, nos daremos cuenta de cómo les pueden influir. Los dibujos animados que ven o los videojuegos en los que invierten tantas horas no se libran del  lenguaje sexista y están plagados de referentes masculinos o femeninos tradicionales. Las mujeres tienen menos presencia como personajes principales. Y en muchos casos, y a medida que los productos son para adolescentes, los modelos acaban rozando los de víctimas y maltratadores directamente. La consecuencia directa es que las niñas pueden crecer con una autoestima muy frágil, con el amor romántico como modelo de relaciones. Es fácil que busquen a su príncipe azul dominante, que las salve y las proteja. Y ellos entienden como normal ser dominadores, tener que ser los fuertes de la película, los que no demuestran sus sentimientos, los que las tienes que proteger y, en última instancia, los que no pueden permitir que los cuestionen. En este contexto, Whatsapp o Facebook se han convertido en instrumentos de control que permiten que las parejas jóvenes puedan estar conectadas 24 horas al día. El móvil es el diario más personal que puede ser revisado para acceder a nuestra intimidad. Y las relaciones sexuales, cada vez más tempranas, se convierten en uniones desiguales donde el objetivo fundamental es el placer de los chicos. Y pensaréis que no nos da la vida para vivir sin dibujos, que criar sin tribu es muy difícil. Ya. Pero lo que que sí podemos hacer es elegir, tomarnos el trabajo de averigüar que implicaciones puede tener lo que ven. Evitar la publicidad que es la rendija por la que los señores del marketing nos modelan el cerebro. Y nada de barra libre de YouTube, claro.

Si pensamos en la imagen física que reciben como perfecta, deseable, nos encontramos que, también en el mercado dirigido a la infancia, el modelo imperante es la delgadez extrema, la hipersexualización temprana en la ropa, los complementos y el maquillaje. Así, la meta a conseguir, es conseguir que la clavícula albergue el mayor número de monedas sin que se caigan. Que el espacio entre las piernas al nivel de los muslos sea cuanto más amplio mejor o que la tripa se convierta en cóncava cuando nos tumbamos y el bikini flote entre los huesos. Collarbone challenge, thigh tap y bikini brige son algunos de los nuevos fenómenos que marcan la vida de las adolescentes con Instagram como principal plataforma de encuentro para intercambiar “logros” y asumir prototipos irreales. ¿Ir con la niña a comprar su ropa? Craso error. ¿Qué esperas qué elija? Otra vez lo que los señores de la moda decidan: tules, brillos, minifaldas y estampados de leopardo. Todo más propio del barrio rojo de Ámsterdam que de una niña.

Y en tercer lugar aparece el acoso escolar o el cyberbulling. Son efecto también de un sistema discriminatorio, que desprecia a quien entiende como menos válido, sean mujeres, niñas o varones que no se adecúen a los patrones culturales esperados. No olvidemos que el patriarcado es un sistema de poder que discrimina a las mujeres pero también a los hombres que están en situación de desigualdad en el sistema.

Y me diréis que si recortamos videojuegos, móviles y dibujos no podremos sobrevivir. Pues seguramente, la no-conciliación no ayuda a criar en igualdad. Pero esto es tema para otro post.

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